Influencers: la realidad detrás de la cámara

Por Leire Agüero

Se abre el telón. El papel del actor principal que devora la pantalla con sus extraordinarios encantos es el de un influencer.

Nos despertamos con él por la mañana. ¡Qué envidia! Su rostro es como el de un ángel, su cabello luce un despeinado sorprendentemente y estratégicamente bien colocado. Degustamos un desayuno extraordinario: qué café, qué tostadas más apetecibles, qué manzana roja más reluciente.

Recorremos las calles con las mejores zapatillas del mercado. Sientan “como un guante” y van espectacularmente bien con nuestro outfit. Después de una “duchita relajante” en una bañera años 20 toca el aperitivo con los amigos: estupendos, altos, guapos… A eso de las cinco, relax, “sofacito y peli” abrazados a Toby, nuestro “perrito” blanco radiante. Ya son las siete y media. Hora de prepararse y brillar como una estrella fugaz en la gala de esta noche.

¿Seguimos? No, mejor hacemos un alto en la alfombra roja de este influencer especializado en moda.

Nuestro día a día no es un camino de “color de rosa”, la perfección no es sinónimo de ser humano. Ni vamos impolutos vestidos a las ocho de la mañana, ni tenemos cuerpos diez, ni desayunamos como si estuviéramos en un buffet, ni asistimos a cócteles ni a galas habitualmente. La vida te da alegrías, te sorprende a cada instante. Y te da por qué no penas, tristezas de las que también se aprende, y forman parte de nuestro bagaje como personas.

Las penas no venden

Los instagramers y/o youtubers proyectan una vida que no es real: es un guion. Cada foto que publican está sumamente elaborada: son necesarias horas y horas para retratar las distintas escenas de su día a día. Los detalles son minuciosamente observados: filtros, encuadres, brillos, contrastes… retoques fotográficos que convierten en espléndido, un instante banal.

Quienes siguen a estas personas necesitan precisamente impregnarse de este halo magnífico y brillante. Experimentar que forman parte de su entorno. Necesitan ver, sentir y vivir a través de sus imágenes y vídeos esas fastuosas vidas. Despertarse a las siete de la mañana para ir a trabajar o estudiar, recoger a los niños en el colegio, realizar las tareas de la casa, preparar la cena, ver las atrocidades que suceden cada día en los informativos, e ir a la cama para comenzar de nuevo al siguiente día no es ningún cuento de hadas.

Muchas empresas pagan 500, 1000, 1500 euros… a estos influencers por foto para que luzcan sus productos, y su marca sea mencionada. El objetivo, lograr que las ventas se disparen. Estas asimismo demandan esta ficción salpicada de perfeccionismo, belleza extrema, luz artificial, euforia, exaltación… Porque las penas no venden.

El like que presiona al influencer

Qué duda cabe que ser influencer puede convertirse en una profesión, en un trabajo a tiempo completo. Un trabajo duro y muy exigente. Contar con un millón de jefes (seguidores y marcas) que te están observando, que no se pierden ni un ápice de cada paso que das y a quienes no puedes defraudar puede ser agotador, desgastarte física y psicológicamente, y acabar transformándose en una tortura.

Los seguidores o followers muestran su aprobación pulsando o no el icono de pulgar arriba, el famoso icono llamado “Like o Me gusta”. Ese icono superficial que evalúa lo que ve en la pantalla, no la profundidad de lo que hay detrás. Ese icono es responsable de innumerables sonrisas, pero también de infinitas lágrimas.

Essena O’Neill, una modelo australiana que llegó a tener más de 600.000 seguidores cerró sus redes sociales tras dejar como último post algunos mensajes espeluznantes: “Lo tenía todo y era miserable. Porque cuando te dejas definir por números, te dejas definir por algo que no es puro, que no es real”.

La evolución es afortunadamente progreso, cambio, crecimiento y por tanto implica riqueza. Ser influencer es una profesión más, surgida a raíz de la aparición y desarrollo de las nuevas tecnologías. Quien ostenta el rol de influencer tiene mucho poder en las redes sociales, tiene la capacidad de mover multitudes, de mover masas.

Tener poder puede ser peligroso, es un arma de doble filo.

Solo los más fuertes, los que logren mantenerse en esta difícil y ardua línea que separa la realidad de la ficción, serán los que perduren en el tiempo.  

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