Conflicto Siria: He llegado a sentir que no soy un ser humano

Por Leire Agüero

Terribles, espeluznantes y desgarradoras palabras pronunciadas por un refugiado en el campo Zaatari,  donde moran unos 85.000 más. 17 años dedicado a construir toda una vida en Siria, un hogar junto a su familia y tan sólo bastan dos segundos para derribarlo todo, destruirlo todo, para borrarlo de un plumazo lanzando deliberadamente una bomba barril.

Palpas la devastación, el sufrimiento, la desidia, la nada, únicamente a través de las miradas de las víctimas. Sus rostros lánguidos y derrotados son el reflejo de la ira, de la lucha de poderes, de la religión y de la iniquidad.

Todo comienza un octubre de 2011 dando paso a la Primavera Árabe. Y lo que uno espera cuando llega esta estación del año es ese preciso momento en el que la luna queda teñida de color rojo; un enclave perfecto, una instantánea brillante para capturar y guardar en el recuerdo. Desafortunadamente, esa increíble luna llena, completa de ese haz impregnado de color rojo no es algo enérgico y centelleante sino el comienzo de una crueldad convertida en “sangre y fuego”. Esa luna, con el rostro de Bachar al Asad, nueva, joven, que nace habiendo dejado atrás a su predecesora, Hafez al-Asad, estaba completa, pero completa de mayores atrocidades.

Los que la vislumbraban desde Túnez, Libia, Yemen, Bahrein, Jordania y especialmente desde Siria le pedían caminando por sus calles más libertad, más democracia, más esperanza, mejor calidad de vida. Y respondió, impasible, con una guerra civil repleta de matanzas, ejecuciones y torturas. Otros, desde fuera, como Rusia y Estados Unidos anhelaban el brillante en bruto que ellos tienen en sus manos, un brillante llamado petróleo. Les prometieron paz, compañía y ayuda para devolver el brillo a esa luna. Les entregaron herramientas para poder combatir esa adversidad. Armas con las que poder luchar. Esas armas estaban bañadas de intereses y no hicieron más que arruinar aún más, las pocas ilusiones que albergaban.

En Siria, derrotados, fatigados por la oscuridad, la desdicha, y la penumbra advertían que debían escapar de ahí y encontrar una luna que al menos, les arropara. Algunos, los que lograron salir, muchos perecieron en el intento, han encontrado un seudónimo de luna en campos de concentración. ¡Pero no tienen libertad! La libertad que anhelaban. No se les permite desempeñar sus tareas diarias, no pueden ser ellos. Están enjaulados, atrapados. Únicamente se les mantiene con vida; una vida que no es vida, sin futuro, un futuro destruido, sin alguien que vele por ellos y les respalde, son simples vagabundos del abandono. Otros, los llamados países europeos y la ONU se vanaglorian enviando mensajes de esperanza, ofreciéndoles un cobijo donde volver a empezar. Pero, ¡sólo con las palabras no es suficiente!

Cuentan ciertos medios, que se llaman sociales, YouTube fue el precursor, que la humanidad llegó a la orilla a través de una imagen. ¿Esa humanidad, sinceramente se resume, se simboliza, declama a todas esas víctimas? Aylan Kurdi, de tan sólo tres años apareció dormido, apagado definitivamente en la fría arena de Turquía. Los que vivían cerca de esa arena no estaban acostumbrados a ver tal estampa, por lo que se transmitió, se difundió a “diestro y siniestro”.  El mensaje impactó y generó ¡sí!, desazón a todo aquel que se percató de lo que estaba sucediendo. Pero nuevamente, al poco tiempo, todo tornó a su cauce inicial. ¡Simplemente, se miró hacia otro lado!

Sólo debe haber una luna, una luna blanca que nos impregne de paz.

¿Cuándo llegará? Es difícil que nos alcance en un corto periodo de tiempo. Para ello, tenemos que estar dispuestos a tocarla, de manera unánime, sin prejuicios, con un objetivo en común. Y por el momento, parece ser que no estamos preparados, listos para ello; deseamos, ansiamos otros intereses. Esto sólo contribuirá a que ese haz de color rojo oscuro no sólo permanezca en Siria sino, en cada uno de los rincones de nuestro pequeño y gran mundo.

Todos debemos luchar. Luchar por ser lo que somos; seres humanos, para que algún día esté ahí, pero ¡para siempre!

No solo en primavera.

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